Auto de fe
El hombre ha imaginado una ciudad perdida en la memoria y la ha repetido tal como la recuerda. Lo real no es el objeto de la representación sino el espacio donde un mundo fantástico tiene lugar.
—Ricardo Piglia
Dicen que cuando era joven, Elías Canetti podía vendarse los ojos frente a su biblioteca y, a modo de gallinita ciega, encontrar uno a uno y de forma exacta todos los títulos que sus amigos le iban soplando al oído.
Dicen también que en los años cuarenta existió un fotógrafo de apellido Russell que ocultaba en su estudio fotográfico del barrio de Flores, en Buenos Aires, una réplica exacta de la ciudad que él mismo fue construyendo durante un periodo de veinte años. No una maqueta, ni un dibujo, ni un mapa: una ciudad real (pero miniatura) de la que dependía la otra, la Buenos Aires de la que surgieron en esa misma época una serie de relatos que podríamos pensar como secretos homenajes a lo que acontecía en un extraño sótano de los arrabales del sur.
Existe una tradición que comienza con Peter Kien, erudito sinólogo y, como a él le gustaba presentarse, "propietario de una biblioteca": la del arquetipo de un escritor-biblioteca en el que se desdibujan los límites entre el autor y sus referencias y, por lo tanto, también entre su autobiografía y la ficción que a partir de esta se crea. En la novela de Canetti, el huraño Peter Kien se esconde de la Viena del siglo XIX para refugiarse en su biblioteca personal, de más de veinticinco mil ejemplares, saliendo de ella solamente para "respirar el aire de otros libros" o "verse reflejado en los cristales de las librerías".
En el transcurso de la novela, a partir de una serie de eventos desafortunados que inician con la propuesta de matrimonio a su ama de llaves para ahorrarse así su sueldo, el personaje de Canetti, que en un inicio se muestra como déspota, prepotente y hasta tirano con las personas que lo rodean, va perdiendo el control de su vida hasta terminar en la calle, completamente indefenso y aparentemente desprovisto de su única y más valiosa posesión: su biblioteca, a la cual, a partir de la segunda parte de la novela, solo puede acceder mediante su excepcional memoria.
A partir de ese momento de traición y éxodo existen, entonces, dos bibliotecas. La primera descansa con sus lomos hacia adentro en el apartamento de la calle Ehrlich número veinticuatro, la que Peter Kien solo consulta después de haber citado de memoria largos pasajes de libros que ya no necesita revisar; y la segunda, la que lleva Peter Kien en su cabeza, con la que sorprende a libreros de la ciudad citando de memoria hasta los tratados orientales más desconocidos sobre pirotecnia, y que aparece de forma indefinida: a veces material, con su peso y dimensiones medibles; otras, como puro recuerdo, habitando solamente dentro de la cabeza de Kien.
Es inevitable comenzar a imaginar las posibilidades de estas dos bibliotecas o, como Borges las llamaría, dos universos. Así como con los espejos y la cópula, existe algo malvado en la duplicación de la memoria perfecta de Peter Kien; resultaría a la vez imposible y perturbadora la posibilidad de dos universos completos y correspondientes que, sin embargo, ocupen espacios y dimensiones distintas.
Nuestra tarea, apaciguante, aunque no conciliadora, fue la de trazar las diferencias; primero, dándole forma a la biblioteca de veinticinco mil volúmenes del cuarto piso de la calle Ehrlich en Viena a partir de las descripciones de Elías Canetti y, después, proponiendo la que Peter Kien podría estar cargando ya no en su mente, sino de forma física, en sus recorridos por las calles de una ciudad que parece ya ni siquiera reconocer.
Una biblioteca ideal como punto de partida para la formación del personaje tiene mucho que ver con la posibilidad de una arquitectura construida a partir de los acontecimientos de la vida de cada usuario; el deseo aparece como hilo conductor que posibilita ambas relaciones. La tarea que exige gestar la biblioteca personal de un lector ha sido opacada a lo largo de la historia por la idea de la "obra completa" del escritor. Aquí subyace una de las injusticias más grandes, pero a la vez menos vergonzosas, que padecemos los lectores: el anonimato, que se reduce, en el más evidente de los casos, a una marca en las primeras páginas de los libros que conforman esa otra "obra completa" de los lectores, también llamada biblioteca personal.
El segundo plano al que se ve relegado el lector se convierte en una posible libertad a la cual los escritores, por más virtuosos que se consideren, no podrían acceder nunca. Por ejemplo, cualquiera de nosotros podría decidir que tal o cual anaquel de nuestra biblioteca personal se conforme por los cuentos completos de Borges, la Biblioteca Calvino casi completa y Moby Dick (tan completo como es). La posibilidad de que un escritor pueda presumir de un repertorio como este dentro de su propia obra es, sin lugar a dudas, imposible. En cambio, la obra silenciosa de la cual es autor un lector da cabida a lo que otros llaman "el milagro de la vida múltiple de los lectores", esa de la que el lector, personaje de la novela Si una noche de invierno un viajero de Italo Calvino, puede gozar independientemente de que nunca acabe de leer el libro que tiene entre las manos.
Sin más rodeos de los que ya fueron dados, presentamos una serie de citas desde las cuales nace un proyecto que intenta, a partir de la intersección entre disciplinas, develar otro tipo de resultados, que solo a partir de la cuidadosa lectura de la vida de Peter Kien pudieron aparecer ahora de forma arquitectónica.
Canetti, E. (1983). Auto de fe. Muchnik Editores.
“Su biblioteca se encontraba en el cuarto y último piso de la casa, ubicada en la calle Ehrlich 24. La puerta del apartamento estaba asegurada por tres cerrojos complicados. Los abrió, cruzó el vestíbulo, en el que sólo había un perchero, y entró en su estudio. Acomodó cuidadosamente la cartera en un sillón. Luego dio un par de vueltas por las cuatro habitaciones altas y espaciosas que formaban su biblioteca. Todas las paredes estaban recubiertas de libros hasta el techo. Los miró lentamente de abajo arriba. En el techo había varios tragaluces: se sentía orgulloso de esta iluminación cenital. Las ventanas laterales habían sido tapiadas hacía años, tras una ardua pelea con el propietario. Así ganó una cuarta pared en cada pieza: espacio para colocar nuevos libros. Además, una luz cenital que iluminase por igual todos los anaqueles le pareció más justa y adecuada a su relación con los libros. La tentación de observar lo que ocurre en la calle —una mala costumbre que hace perder tiempo y con la que por lo visto venimos al mundo— desapareció junto con las ventanas laterales. Cada día, antes de sentarse a escribir, bendecía aquella idea y sus secuelas, a las que debía la realización de su supremo anhelo: poseer una biblioteca bien surtida, ordenada y herméticamente protegida, en la que ningún mueble ni persona superfluos pudieran distraerlo de sus serias elucubraciones.”
“La primera habitación le servía de estudio. Un escritorio viejo y enorme, con un sillón delante y otro en el rincón opuesto, constituían todo el mobiliario. Había también un diván bastante estrecho, que Kien prefería ignorar porque sólo le servía de cama. De la pared colgaba una escalera corrediza: era más importante que el diván e iba de una pieza a otra en el transcurso del día. Ni una simple silla alteraba el vacío de las tres restantes. No había mesa, armario o estufa que rompiera la abigarrada monotonía de los anaqueles. Las bellas y pesadas alfombras, que recubrían todo el piso, calentaban la austera penumbra que, a través de las puertas, abiertas siempre de par en par, fundía los cuatro espacios en un solo salón de vastas proporciones.”
“A las seis en punto de la mañana se levantaba el profesor de su diván-cama. Vestirse y lavarse le llevaba poco tiempo. Por la noche, antes de acostarse, ella le tendía el diván y empujaba la mesita-lavabo, que tenía redecillas, hasta el centro del estudio. Podía quedarse allí toda la noche. Un biombo de cuatro bastidores, pintado por fuera con extraños caracteres, se hallaba instalado de tal forma que le ahorraba el lamentable espectáculo. Kien no podía soportar los muebles. Inventó el «aguamanil con ruedas», como él mismo lo llamaba, para que el repugnante artefacto desapareciera más de prisa no bien lo hubiese utilizado. A las seis y cuarto abría la puerta y empujaba con fuerza la mesita: el impulso la hacía rodar por el pasillo hasta estrellarla violentamente contra la pared, junto a la puerta de la cocina. Teresa la aguardaba allí; su cuartito era contiguo.”
“… se compró en aquellos días el plano de la ciudad con los círculos rojos. Sobre los que indicaban librerías visitadas, trazaba una pequeña cruz: para el habían muerto.”
“No se dio por vencido: una vez libre, desplegó las alas de su inteligencia y fue creciendo en proporción al número de días en los que dispuso de sí mismo. Además, el hecho de crearse así otra bibliotequita de varios miles de volúmenes, compensaba ampliamente sus esfuerzos. Temía incluso que creciera demasiado. Cada noche dormía en un hotel distinto. ¿Cómo llevar de un lado a otro una carga en continuo aumento? Pero al tener una memoria indestructible, cargaba con su nueva biblioteca en la cabeza. La cartera quedaba vacía.”
“Varias veces le pidieron por escrito su fotografía: no le quedaba ni una, respondía, y tampoco pensaba hacerse otra. Ambas cosas eran ciertas. Pero una vez aceptó espontáneamente hacer una cesión de otro tipo: a los treinta años, y sin haber redactado testamento alguno, legó su cráneo, junto con el contenido, a un Instituto de Investigaciones Frenológicas. Justificó esta decisión alegando la importancia de probar que su memoria, realmente prodigiosa, se debía a una estructura especial o, tal vez, a un mayor peso del cerebro. No es que creyese, le escribió al director del Instituto, que genio y memoria fueran idénticos, como se solía pensar de un tiempo a esta parte. El mismo no era nada menos que un genio. Pero sería anticientífico negar la utilidad, para sus trabajos de investigación, de la memoria casi terrorífica que poseía. En cierto modo llevaba en la cabeza una segunda biblioteca, tan surtida y de fiar como la verdadera, que, según decían, era objeto de continuos comentarios. Sentado a su escritorio, podía redactar ensayos en los que abordaba hasta detalles ínfimos consultando sólo su bibliocabeza. Después verificaba, claro está, citas y referencias en libros reales, aunque sólo por acallar sus escrúpulos. No recordaba un solo caso en el que la memoria le hubiera fallado. Hasta sus sueños tenían perfiles más precisos que los de la mayoría de la gente.”
“Kien evocó otros acontecimientos de su vida que arrojaban luz sobre su temperamento retraído, taciturno y desprovisto de toda vanidad. Pero su irritación, provocada por ese insolente que primero le preguntó por una calle y luego lo insultó, aumentaba a cada paso. «No me queda más remedio», dijo y se metió bajo un portón; echó un vistazo alrededor —nadie lo observaba — y sacó una libreta larga y angosta de su bolsillo. En la portada se leía, escrita en letras altas y angulosas, la palabra: ESTUPIDECES. Su mirada se detuvo un instante en el título. Luego pasó unas cuantas hojas: más de la mitad de la libreta estaba escrita. En ella iba anotando cuanto quería olvidar. Empezaba con la fecha, la hora y el lugar, al que seguía el incidente destinado a ilustrar la estupidez humana con un nuevo ejemplo. Una cita apropiada, siempre nueva, servía de conclusión. Nunca leía su colección de estupideces; una ojeada a la cubierta le bastaba. Pensaba editarla años más tarde bajo el título: Paseos de un sinólogo.”
Ehrlich 24 - Planta
Ehrlich 24 - Detalle planta
Ehrlich 24 - Sección
Ehrlich 24 - Detalle sección
Módulo de biblioteca para un sinólogo ambulante
Biblioteca para un sinólogo ambulante
Biblioteca para un sinólogo ambulante
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